Tumbalá, Chis., 29 de abril de 1998.

Versión estenográfica de las palabras del presidente Ernesto Zedillo, durante la ceremonia en la que, junto con el gobernador Roberto Armando Albores Guillén y los Presidentes municipales del estado de Chiapas, suscribió el Acuerdo Social para el Bienestar y Desarrollo de la Región Norte y Zona Chol-Tzeltal de Chiapas, en este municipio.

Muy apreciado señor Gobernador de Chiapas;
Muy apreciados señores Presidentes municipales;
Amigas y amigos:

Hace ya más de un año, en Palenque, tuve la muy afortunada oportunidad de reunirme con los señores Presidentes municipales de la Región Norte Chol-Tzeltal de su estado. En aquella reunión, recuerdo muy bien que hicimos un diagnóstico bastante descarnado, y aún pesimista, de las condiciones que se vivían y que, en buena manera, se siguen viviendo en esta región. Lo importante fue que nadie trató de ocultar ni de soslayar los problemas, los problemas de diversa naturaleza; los problemas sociales que por muchos años han sido sumamente graves, pero tampoco nadie trató de ocultar los problemas políticos, los problemas de violencia.

Lo que quedó claro, también, de esa reunión, es que la gran mayoría de los habitantes de los municipios que integran esta región, son personas que quieren vivir en paz; son personas que quieren tener la tranquilidad y los medios para que a partir de su propio esfuerzo puedan salir adelante; son personas que sufren mucho, incluso, con la vida de seres queridos, las divisiones, los conflictos, los enfrentamientos que de tiempo atrás han venido ocurriendo no solamente en la zona norte, sino en otras zonas del estado de Chiapas.

Quedó claro que la gente, de tiempo atrás, ha hecho un juicio claro y categórico respecto a que no se vale que por intereses políticos muy particulares, que por intereses religiosos y por el anhelo de algunos de impulsar proyectos que no han sido sujetos a la aprobación democrática de la gente y que parten de una visión de que se le puede imponer a la gente una opinión, un punto de vista, una militancia, a partir de la violencia, que en nada de eso, en nada de eso, podemos encontrar la solución a los problemas sociales de la zona norte de Chiapas.

De esa convicción --que yo compartí con gran entusiasmo desde el primer momento-- es que surgió este proceso de diálogo, este proceso de intercambio de ideas, entre personas que políticamente piensan distinto, y que tras un arduo proceso que, incluso, se llevó más tiempo del que habíamos señalado como deseable, es que hoy podemos tener este Acuerdo Social para el Bienestar y el Desarrollo de la Región Norte Chol-Tzeltal.

Este acto, por lo mismo, tiene un enorme significado, en primer lugar, porque en este programa ustedes, las autoridades de carácter municipal, las organizaciones, el gobierno del estado, las instancias correspondientes del Gobierno Federal, y en lo personal yo, con mucho gusto, como Presidente de la República, y por eso pedí que mi firma quedara en ese documento, estamos tomando una serie de compromisos muy concretos; compromisos que, estoy seguro, todos habremos de cumplir, para ir, de manera clara, ciertamente paulatina, atendiendo los problemas sociales, los problemas económicos de su región. (Aplausos).

Pero sabemos que estos compromisos, su cumplimiento, son importantes, pero no son suficientes. No nos engañemos. Todavía existen graves focos de tensión; todavía existen personas que le apuestan a la violencia para la promoción de sus intereses; todavía tenemos que recorrer un camino que está plagado de riesgos y desafíos y, por lo tanto, no podemos detenernos en la simple firma de este documento y en nuestro compromiso de cumplir todo lo que aquí se ha pactado.

Tenemos, además, que comprometernos todos, a partir de nuestra buena voluntad, para lograr, efectivamente, la reconciliación entre todos los habitantes, todos los grupos, todos los partidos políticos que trabajan no solamente en la zona norte de Chiapas, sino en las otras regiones de su estado.

Ayer decía que no basta caminar por uno solo de los caminos del progreso. Debemos de tener la fuerza, la voluntad, la capacidad, de poder avanzar simultáneamente en todos los caminos que convergen en el desarrollo de Chiapas. Necesitamos, ciertamente, poner gran énfasis a las acciones y a los proyectos sociales, porque así estaremos dando respuesta a las necesidades más esenciales de la gente; pero de poco servirá eso si vivimos en un estado de intranquilidad, en un estado de inseguridad, en condiciones en las que nadie sabe que si se les comete una injusticia, habrá un aparato de justicia que persiga y que penalice a quienes cometen esa injusticia.

Necesitamos plena vigencia del Estado de Derecho en Chiapas, porque solamente así podemos darle tranquilidad a las personas y a las familias para que trabajen. (Aplausos).

Necesitamos promover el progreso económico. Ustedes saben muy bien en esta zona norte, quizás más que en otras partes del estado, que seguimos dependiendo en demasía de la agricultura. Necesitamos generar nuevas opciones productivas; necesitamos generar nuevas actividades económicas no solamente referidas al campo, pero estamos pensando ya en algunas opciones que nos permitan, primero, a pequeña escala --y, espero, muy pronto a una escala más grande-- empezar a desarrollar una industria manufacturera en esta parte del estado. (Aplausos).

Ahora bien, para todo esto debemos de tener acuerdos, y es mi convicción que este Acuerdo Social que ustedes han logrado, que ahora han firmado los Presidentes municipales y que hemos firmado también el gobierno del estado y el Gobierno Federal, nos dice, de manera muy clara, que en el México de hoy existe algo que ya hace muchos años inventó la humanidad para evitar guerras, para evitar divisiones entre hermanos, para evitar conflictos, para evitar derramamientos de sangre: ese algo es la política; no cualquier clase de política; la política buena, la política que se basa en los principios y en la práctica y en la cultura, en la democracia, y un elemento esencial de esa política de la democracia es, por una parte, que quienes piensan distinto --y están en todo su derecho de pensar distinto--, al final de cuentas deben aceptar someterse al acuerdo, a la aprobación, al voto de la mayoría.

De la misma manera que las mayorías no pueden ignorar a las minorías, porque si así se hiciese acabaríamos en sociedades polarizadas, enfrentadas, tampoco es posible que quienes son minoría ignoren el punto de vista, el sentir y la voluntad de las mayorías. Y aquí no estoy hablando de partidos políticos, no estoy hablando de que si existe un partido político que saca o no la mayoría de los votos; aquí estoy hablando de sentimientos, aquí estoy hablando de anhelos, aquí estoy hablando de esperanza, aquí estoy hablando de valores, y lo que yo percibo que en Chiapas, como en todo México, es que ese anhelo, ese deseo, esa esperanza es el de vivir en paz; el de no creer y no aceptar la violencia, el de saber que, efectivamente, somos un país pobre, con muchos problemas, pero que, al mismo tiempo, tenemos la confianza de que a partir de nuestro propio esfuerzo, a partir de nuestro propio trabajo, a condición de que nos mantengamos unidos en lo fundamental, podremos resolver nuestros problemas económicos y sociales.

Yo estoy seguro que si pudiésemos juntar, en una gran plaza, a los 92 millones de mexicanos y preguntarles que si creen en el trabajo, que si creen en que nunca será posible lograr nada bueno a través de la violencia, estoy seguro que prácticamente todos esos 92 millones de mexicanos levantarían su brazo para rechazar la violencia. Esto es algo que no puede ser ignorado por esas minorías que, probablemente, en su motivación, hayan tenido y tengan algo bueno.

Nos han dicho que viven preocupados y comprometidos con la causa de los indígenas; nos han dicho que están indignados por la pobreza; nos han dicho que quieren luchar para que esas condiciones cambien en nuestro país. Con todo eso yo no puedo estar en desacuerdo.

Con todo eso --les digo a ellos, somos parte de la misma causa, pensamos igual, no podría ser de otra manera-- pero en lo que no estoy de acuerdo y nunca podré estar de acuerdo es que esa lucha que parece ser tan noble, tan humana y tan legítima, se sustenta en la amenaza de la violencia. Eso --como mexicano, como padre de familia, como Presidente de la República que protestó obedecer y hacer obedecer la Constitución de la República cuando asumí la responsabilidad que democráticamente me confirió el pueblo de México-- no lo puedo aceptar y estoy seguro que ustedes tampoco lo aceptan.

Por eso creo que ha llegado el momento en que muchas de las cosas que no se han dicho, que no se han reconocido en estos años, comiencen a decirse y comiencen a reconocerse. Dejemos atrás las palabras huecas, las palabras de la amenaza, las palabras de la duda y de la desconfianza.

Decía ayer --y lo repito hoy, con ustedes-- que los otros, los que se han inconformado, los que han amenazado una y otra vez con la violencia, y que a veces la ejecutan, vienen diciendo que el Gobierno quiere hacer una guerra. Eso no es cierto.

La única guerra que alguna vez haría el Gobierno de la República --y tengo toda la confianza de que eso no va a ocurrir, deveras tengo la confianza-- sería aquella en la cual una potencia extranjera quisiera venir a pisotear nuestro territorio.

Entre mexicanos no puede haber guerras ya. Los mexicanos peleamos una heroica guerra para ganar nuestra independencia y así, realmente, nacer como nación.

Los mexicanos peleamos dos invasiones extranjeras en el siglo XIX y tuvimos un periodo turbulento, muy triste, de guerras civiles que separaron y debilitaron a la nación.

Los mexicanos tuvimos que pelear una revolución para verdaderamente restaurar la República de leyes, la República justa por la que lucharon y murieron los fundadores de la patria. Pero con esa Revolución Mexicana debieron acabarse las guerras entre mexicanos.

Nunca más puede haber enfrentamientos fraticidas entre mexicanos y menos ahora, cuando los mexicanos tenemos, sin cortapisas, sin duda, el método de la política de la democracia para dirimir nuestras diferencias, para ponernos de acuerdo y lo hacemos convencidos de que cuando democráticamente se toma una decisión en nuestro país, entonces es obligación de todos acatar esa voluntad democrática.

Por eso vuelvo a insistir: a quienes dudan de las intenciones del gobierno, quienes nos acusan de estar preparando la traición, quienes nos acusan de tener propósitos ocultos, yo les digo que están equivocados.

Que revisen un poco lo que ha sido la historia de este conflicto y que tengan la honradez intelectual de reconocer de qué lado ha estado la tolerancia, de qué lado ha estado la paciencia. Y en ese sentido, también, que nos empiecen a conceder no toda, sino un poco de razón.

Lograr esto requiere, ciertamente, que quienes se han inconformado empiecen a ver las cosas desde una óptica un tanto distinta a como las vieron cuando tomaron la decisión de venir, de otras partes de México, a establecerse aquí, a empezar a trabajar con las comunidades, hasta constituir lo que ellos hoy llaman "sus bases sociales".

Eso ocurrió hace muchos años, a principios de los años ochenta. El mundo estaba dividido entre dos grandes potencias; se pensaba que el mundo, los países que lo integran, tenían que estar de un lado o del otro y no había --al parecer-- más que dos caminos o paradigmas qué seguir.

Ese mundo ha cambiado; ese mundo se ha derrumbado y no quiere que hoy solamente exista un sólo paradigma, un sólo camino o un sólo modelo, como muchos vulgarizan.

Lo que ha ocurrido es que, al acabarse la "guerra fría", al acabarse esa lucha entre potencias --que finalmente no sería entre ellos, pero que significó que países como el nuestro se convirtieran en campos de batalla, donde murieron muchos miles y miles, y muchos de ellos aquí muy cerca, en las hermanas repúblicas de Centroamérica--, ese mundo ya se terminó; ese mundo ya no tiene ninguna justificación.

Pero, además, deben reconocer que México también ya cambió. En México ya no tenemos únicamente esa democracia formal, esa democracia acotada, esa democracia muchas veces manipulada, esa democracia muchas veces defraudada y traicionada.

Hoy, en México, tenemos una democracia verdadera, una democracia donde todo mundo tiene un sitio para dar su lucha política por lo que cree. Y, en este México, de nueva democracia, de nuevos espacios, menos aún que antes existe justificación alguna para la amenaza de la violencia.

Pero, quienes deben de escuchar este mensaje son también otros; otros que, con frecuencia, no se dicen parte del conflicto, que se muestran, al menos de boca para afuera, interesados en resolver el conflicto, pero que, después de varios años, no puede uno sino quedarse con la duda sobre qué tan sincero es su deseo de contribuir a la solución de este problema.

Se queda uno con la duda de qué tan cierto es que les preocupa la miseria, la violencia y el retraso que se vive aquí en Chiapas; de qué tan sincera es esa preocupación por los indígenas de este estado.

Y lo digo así, porque creo que hay que hablar con la verdad y el primero que tiene que hablar con la verdad es el Presidente de la República. Y yo, con toda franqueza, sin ningún ánimo de exacerbar ánimos, quiero decir que, después de estos años, tengo serias dudas de que esas personas que dicen que quieren ayudar a resolver el problema, realmente quieran ayudar a resolver el problema.

Bien harían, en un acto de conciencia, en un acto de honestidad intelectual, decir realmente qué es lo que quieren de este conflicto, cuál es la agenda política que traen escondida en la manga; agenda política que claramente han venido impulsando con la causa chiapaneca.

Pero, agenda política que no necesariamente obedece a una preocupación por los indígenas; agenda política que podrá tener una motivación de ambición de poder. Podrá tener una motivación religiosa, pero, desde mi punto de vista, tiene muy poco que ver con la solución del dolor humano, que significa la pobreza, el retraso y la violencia en el estado de Chiapas y, por eso, a esas personas no les recrimino nada del pasado.

Un gobernante nunca debe alentar ni sentir el rencor. Solamente les pido que hagan un examen de conciencia, que piensen si han estado actuando conforme a la verdad y que, si así es, entonces, que tomen acciones que realmente sean consecuentes con la búsqueda de la tranquilidad y con la búsqueda de la paz social.

Hay otros actores que no puedo dejar de mencionar; actores, por ejemplo, que durante año y medio dijeron que el Gobierno no quería resolver el problema del estado de Chiapas, que el Gobierno estaba incumpliendo acuerdos y que la prueba más fehaciente de esa mala voluntad del gobierno, es que no habíamos sometido a consideración del Congreso las Iniciativas de Reformas Constitucionales en Materia Indígena.

Y, el día que lo hacemos, haciendo un enorme esfuerzo para asimilar, en la medida de lo que pensamos que era justo no solamente para Chiapas sino para todos los mexicanos, otra iniciativa que había sido formulada por un grupo de legisladores, recogiendo los aspectos más generosos de esa iniciativa, pero no incluyendo a aquellos en los que no podemos estar de acuerdo.

En un acto republicano enviamos esa iniciativa al Congreso, no a sabiendas de que nuestra iniciativa tenía que ser aceptada ni teórica ni reflexivamente, sino reconociendo que es en esa alta tribuna de la nación, producto de la nueva democracia que estamos construyendo los mexicanos, donde se debe dar el debate real, el debate efectivo, sobre los grandes tomas que preocupan a los mexicanos.

Sin embargo, esa misma fuerza política, que durante año y medio me reclamó y recriminó por la supuesta inacción del gobierno y el día que esa iniciativa llega al Congreso nos dice que no está dispuesta, esa fuerza política, a considerarla; no está dispuesta a debatirla, sino hasta que el Gobierno acepte condiciones inaceptables del grupo que se ha inconformado.

Y esto es muy grave, porque, ¿creemos o no en las instituciones?, ¿creemos o no en la democracia?, ¿creemos o no en la pluralidad?, ¿creemos o no que los grandes temas nacionales deben ser decididos y discutidos ya no en Los Pinos, sino en el Congreso donde están los representantes de toda la nación?

Y si creemos eso, entonces que esa iniciativa y la de los otros partidos, y si ese partido tiene iniciativa, que la lleve al Congreso y que, de cara a la nación, la debata ante todos los mexicanos, porque entonces no creemos en la democracia, no creemos en la República y lo único que queremos es que no se resuelva el conflicto en Chiapas.

Y, por eso, también a ellos hago ese llamado.

No puedo terminar sin decir algo que para mí es importante y decírselo a quienes se han inconformado:

Para mí, como Presidente de México, si tuviese una visión estrictamente de corto plazo, de poderle mostrar a la generalidad de los mexicanos que mi capacidad de resolver problemas es realmente muy especial, resultaría muy fácil aceptar cuestiones que pueden ser muy importantes para quienes se han inconformado, pero que no necesariamente pueden ser aceptables para el resto de los mexicanos.

Quienes se han inconformado y, reitero, parto en un acto de buena fe, de conceder que en la raíz de esa inconformidad hay razones justas; no descalifico a nadie; concedo que ellos pueden tener, aún con un método equivocado, una causa justa.

Pero, sucede que a mí se me dio un mandato para ser Presidente de todos los mexicanos, y así como tengo que escuchar y hacer un gran esfuerzo para atender la causa justa del grupo inconforme, también es mi responsabilidad escuchar y atender las causas justas de los otros muchos y muchos millones de mexicanos.

No puedo, en aras de resolver un problema, lo cual sin duda le daría en el corto plazo una gran popularidad política al gobierno, atropellar los sentimientos y las causas de otros 91 o 92 millones de mexicanos.

Mi responsabilidad republicana es conciliar, es atender, es tomar en cuenta el interés de todos, no nada más de unos cuantos.

Ojalá que esto también se escuche y que constituya un argumento más para lograr la reconciliación; una reconciliación que, estoy seguro, es posible --porque de aquí me voy más convencido de que la reconciliación es posible--, y esto ocurre porque ustedes, los amigos Presidentes municipales de la zona norte del estado y las organizaciones sociales, pero ustedes, organizaciones y Gobierno, bajo el impulso de la gente, nos han demostrado que sí se puede.

Y, por eso, les doy las gracias.