México, D.F., 6 de mayo de 1998.
Versión estenográfica de las palabras del presidente Ernesto
Zedillo, durante la comida que le ofreció la Comunidad Libanesa
en México, en el Centro Libanés de esta ciudad.
Muy apreciado señor Amín Saiden, presidente del Consejo
Directivo del Centro Libanés;
Muy querido y respetado señor Arzobispo;
Muy apreciado señor Embajador del Líbano en nuestro país y Decano
del Cuerpo Diplomático acreditado en México;
Muy respetados y queridos amigos y amigas de la comunidad
mexicano-libanesa:
Es para mí motivo de enorme satisfacción, de gran júbilo el
acudir de nuevo, por segunda vez como Presidente de la
República, a este encuentro con esta comunidad que tanto
aprecio, como mexicano, y especialmente también como Presidente
de la República, porque en todos ustedes reconozco personas que
mucho han hecho y que mucho van a seguir haciendo por la grandeza
de ese México que es de todos nosotros.
Quiero agradecerles la comida, porque estuvo riquísima, y como
ahora me resulta un poco más difícil ir a los restaurantes a
los que solía ir cuando era un ciudadano común y corriente,
señaladamente a El Edén, en la calle de Correo Mayor, pues,
ahora puedo venir aquí cada vez que ustedes me invitan y
disfrutar esta comida que de veras me gusta muchísimo. Así que
gracias por la comida. (Aplausos).
Como decía antes, ya han sido dos las ocasiones en que he tenido
el gusto, como Presidente, de estar aquí con ustedes, y en esas
dos ocasiones he tratado de reflexionar un poco respecto a la
situación del momento del país y también ver con ustedes un
poco hacia el futuro.
La primera visita que hice aquí fue a fines de 1995. Recuerdo
muy bien que en aquella ocasión les expresé mi confianza de que
a pesar de que todavía nos encontrábamos sufriendo las
manifestaciones más graves de aquella crisis económica
financiera, les dije que yo, al igual que ustedes, tenía toda la
confianza de que muy pronto habríamos de empezar a ver la luz al
final del túnel.
Como se los dije a principios de 1997, ustedes y yo teníamos
razón. Ya a principios de 1997 podíamos establecer con toda
confianza que nuestra economía había superado esa grave crisis
económica financiera y que estábamos ya claramente montados en
un proceso de recuperación. Les mencionaba entonces que nuestro
gran reto era consolidar esa recuperación económica, para
transformarla en un proceso de crecimiento económico sostenido,
no porque el crecimiento sea el fin último, el crecimiento
económico es únicamente el medio que se da el Estado y la
sociedad para poder contar con los recursos que nos permitan
tener lo más importante, que es el empleo, los mejores salarios
y los medios para poder desplegar una ambiciosa política social
que nos permita igualar oportunidades para todos los mexicanos;
lograr una sociedad más justa; abatir esos graves rezagos, esos
graves problemas que a todos los mexicanos mucho nos preocupan y
que todos estamos decididos a superar.
A principios del año pasado también les dije que teníamos
buenas razones para ser optimistas en cuanto al avance de la vida
política de nuestro país. Les expresé mi sincera confianza de
que gracias a las reformas emprendidas durante 1996 en materia
político-electoral, ese año --el de 1997-- habríamos de tener
un proceso electoral ejemplar, del cual los mexicanos, con
independencia de los resultados de las elecciones, habríamos de
sentirnos profundamente satisfechos, toda vez que aquí vivíamos
la convicción de que México había llegado ya a la normalidad
democrática.
¿Qué les puedo decir hoy? Les puedo decir que a pesar de los
problemas, a pesar de las dificultades, a pesar de los retos
antiguos y nuevos, el país sigue avanzando, y que ustedes y yo
debemos seguir teniendo, y tenemos buenas razones para continuar
siendo optimistas acerca del futuro de nuestra patria.
Es cierto, en lo económico las cosas se nos han complicado algo.
Desde la última vez que nos vimos, efectivamente, en 1997, un
año satisfactorio en cuanto al crecimiento de la economía,
tuvimos el crecimiento más alto en más de tres lustros;
logramos recuperar los empleos que habíamos perdido en la crisis
económica; avanzamos en una reducción adicional de la
inflación, y a fines de 1997 todos sentíamos que el panorama
era bastante favorable para este 1998.
Desde entonces han aparecido circunstancias, pero ninguna nos ha
descarrilado del camino sobre el cual veníamos, pero que,
ciertamente, nos han hecho la tarea un poco más compleja, nos
han hecho el reto más grande; pero con la confianza que hemos
adquirido los mexicanos, a partir del enorme esfuerzo que hemos
aplicado en años anteriores y de los logros que hemos alcanzado,
yo continúo siendo, fundamentalmente, optimista acerca de lo que
podemos lograr, y vamos a lograr, a pesar de esas dificultades.
¿Cuáles son esas dificultades? Ustedes las conocen: apareció
con gran fuerza esa crisis en Asia que, querámoslo o no, ha
tenido alguna consecuencia sobre las condiciones que afectan
nuestro propio desempeño económico y, señaladamente, hemos
sufrido una caída severa en los precios del petróleo, lo cual
tiene, por una parte, algún impacto en nuestra balanza de pagos,
y tiene un impacto vital muy considerable, ya que el Estado
mexicano sigue siendo altamente dependiente de los ingresos
petroleros para el sustento de sus finanzas. Esa es la mala
noticia: que las condiciones que habíamos previsto para este
1998 son distintas, en el lado negativo, a lo que habíamos
anticipado.
Pero la buena noticia es que, gracias no al esfuerzo que hemos
desplegado únicamente durante esta Administración, sino al
esfuerzo de más de diez años que hemos hecho los mexicanos para
transformar la estructura de nuestra economía y entrar sin
complejos y con toda decisión a esa nueva economía globalizada,
poniéndonos firmemente en esa competencia por los mercados
internacionales, renovando nuestras estructuras internas,
desregulando y abriendo nuevas oportunidades para la inversión
privada, a pesar de esas circunstancias adversas que en otros
tiempos hubiesen tenido consecuencias francamente nefastas y
adversas para el desempeño de la economía del país, hoy, a
pesar de esas circunstancias, podemos ver hacia adelante con
optimismo nuestras oportunidades y nuestras perspectivas
económicas.
Hemos sufrido, es cierto, un choque externo de gran
consideración, pero, reitero, gracias a los fundamentos que con
el esfuerzo de todos los mexicanos hemos construido, yo puedo
aseverar, con toda confianza, que en 1998 habremos de tener otra
vez un buen año en cuanto al desempeño de la economía general
del país. Y esa situación y, reitero, el crecimiento no es el
fin sino el medio y, por lo mismo, el hecho de que mantengamos
esas perspectivas, quizás no ya tan buenas como hace cuatro
meses, pero todavía buenas, nos permitirá seguir avanzando en
el frente social que, para mí, es el frente más importante de
la política pública en nuestro país. Y en ese sentido, este
año vamos a seguir avanzando en la educación de los mexicanos.
Todos debemos estar muy satisfechos de que a pesar de las
circunstancias económicas adversas que tuvimos en años
anteriores, nuestro sistema educativo pudo seguir creciendo y no
únicamente en lo cuantitativo, sino también en lo cualitativo.
Debemos estar muy satisfechos de que en nuestro sistema educativo
reciben instrucción, hoy en día, más de 28 millones de niños
y jóvenes. Eso se dice rápido, pero imagínense ustedes
cuántos países del mundo tienen una población inferior a esos
28 millones de personas.
Nosotros, gracias a la contribución de todos los mexicanos, y no
obstante nuestros problemas, podemos darle educación
mayoritariamente pública --por cierto-- a 28 millones de niños
y jóvenes; casi dos millones más de lo que hacíamos hace poco
más de tres años.
A pesar de esos problemas, estamos avanzando en la provisión de
la salud para los mexicanos, y para mí es muy satisfactorio que
más de 6 millones de mexicanos que hace 3 años y medio no
habían conocido ninguna forma de servicio de salud, hoy ya
puedan tenerlo.
Para mí, también, es muy satisfactorio que a otros servicios
básicos inaccesibles para muchos mexicanos, ahora muchos
mexicanos reciban esos servicios básicos que antes no los
tenían: como el agua potable, el drenaje y la electricidad. Ese
es el camino social por el que tenemos que seguir, pero teniendo
énfasis en algo muy importante: el apoyo hacia los que menos
tienen.
México, lamentablemente, por muchas circunstancias, por
historia, por la estructura económica que cargamos durante
muchos años, es un país donde lamentablemente la injusticia en
la distribución del ingreso y la riqueza y, por lo mismo la
pobreza, resulta abrumadora. Por eso, tenemos que hacer un
esfuerzo especial para dirigir la tarea del estado y la tarea de
la sociedad a apoyar a los que menos tienen.
Quiero decirles que no sin dificultades, no sin enormes
carencias, deseando siempre tener más recursos para ese
propósito, en ese renglón estamos avanzando. Hemos transformado
muchos de los programas del Estado para dirigirlos de manera
específica a apoyar a los que menos tienen.
Hace tres años, en nuestro país recibían desayunos niños de
escasos recursos, un millón diario. Les puedo decir que en 1998
alcanzaremos la cifra de 4 millones de desayunos y queremos
seguir avanzando, porque sabemos que lo importante es que los
niños que no tengan recursos, puedan recibir al menos alguna
alimentación en las escuelas, pero eso no es suficiente.
Hay grupos de nuestro pueblo, de nuestra sociedad, que aún
cuando tengan la escuela, el maestro, el libro de texto gratuito
y aún el desayuno escolar, la probabilidad de que accedan a la
escuela y que sean retenidos en la escuela, es todavía muy baja.
De ahí surge entonces la necesidad y la idea de tener un
programa que, de manera integral, logre que los niños vayan a la
escuela, los niños más pobres vayan a la escuela y permanezcan
ahí hasta que por lo menos completen la educación secundaria.
Es así como hemos establecido un programa que llamamos Progresa,
un programa que está dirigido precisamente a los grupos que
constituyen el núcleo más duro de la pobreza en nuestro país,
los olvidados de los olvidados.
Para esas personas y para esas familias estamos construyendo ese
programa, un programa que reconoce que no es suficiente en la
escuela, que no es suficiente en el maestro, que ni siquiera
bastaría con el desayuno gratuito en la mañana.
Es un programa que parte de reconocer que la pobreza es un
fenómeno integral; es un fenómeno que constituye un cerco, un círculo
vicioso, en el cual la gente y las familias, los niños en esas
comunidades, están atrapados.
Y, por lo tanto, es un programa que está diseñado de manera
integral; de manera integral para que las niñas y los niños
reciban becas hasta completar su escuela secundaria; para que la
familia, no solamente las niñas y los niños, reciban servicios
médicos asistenciales, cuyo otorgamiento está condicionado a
que los padres de familia, señaladamente la madre de familia, se
comprometan a que los niños acudan regularmente a la escuela.
Programa que otorga un apoyo enumerario en efectivo, para que no
solamente los niños tengan algo, sino también la madre, el
padre de familia, los otros hermanos y así podamos tener un
núcleo familiar, en el que la angustia de lo más inmediato no
constituya un motivo para que los niños sean retirados de la
escuela.
Este programa Progresa, en 1998 habrá de llegar, gracias a un
gran esfuerzo de la República, porque finalmente es el dinero de
la República, el dinero de quienes contribuyen con sus
impuestos, estará llegando ya a dos millones de familias en
nuestro país.
Pónganse ustedes a pensar lo que esto significa para México
dentro de unos años. Esas familias que, de ninguna manera, bajo
las condiciones anteriores tendrían una oportunidad, ahora
podamos tener alguna certeza de que sus hijos van a ser educados,
gracias a ese apoyo integral.
Queremos llegar, de ser posible, y veremos como se presentan las
circunstancias económicas a fines de esta administración, a 4
millones de familias.
Estamos, entonces, avanzando en la economía; estamos avanzando
en lo social, pero tal como lo comentaba hace poco más de un
año con ustedes, hoy les puedo decir con toda certeza que
estamos también avanzando en lo político.
Efectivamente, tal y como nos lo propusimos todos, el año pasado
en las elecciones de julio tuvimos un proceso electoral que, como
nos lo habíamos propuesto, con indiferencia de los resultados
particulares de las elecciones, creo que a la generalidad de los
mexicanos nos dejaron esas elecciones muy satisfechos por su
legalidad, por su equidad y por su transparencia.
Yo quiero recordar aquel lunes después de las elecciones, porque
la sensación que yo percibí hablando con la gente; salí a
hacer un recorrido; trataba de comentar con la gente qué
pensaban y qué sentían y al final de ese lunes me quedé con la
sensación de que la generalidad de los mexicanos, sin ninguna
duda, con una gran convicción y --diría-- hasta con una gran
felicidad, se asumían ya partes de un país genuinamente
democrático.
Eso no es poca cosa, porque los mexicanos tenemos como valor el
de la democracia, y no hay ninguna razón de carácter personal,
de carácter partidista, de carácter de grupo o como algunas
veces algunos políticos pensaron, razón de Estado, para que
este país no pueda tener una plena democracia.
Estoy convencido que gracias, no nada más a la reforma del '96,
sino a las sucesivas reformas electorales que se han dado en
nuestro país desde fines de los años setenta, estamos ya
llegando --sin duda-- a esa normalidad democrática que queremos
y que anhelamos todos los mexicanos.
Considero que debemos estar satisfechos, nunca en un tono
triunfalista respecto a lo que hemos avanzado, pero igualmente
debemos estar muy conscientes de lo que nos falta por avanzar y
quiero decirles, con toda franqueza, desde mi punto de vista, que
es mucho lo que todavía tenemos que hacer como país, para poder
estar realmente satisfechos.
Naturalmente, como Presidente de la República, mi
responsabilidad habrá de ser durante los poco más de dos años
y medio que restan a la Administración que presido; éticamente
me corresponde hacer cosas, emprender cosas que no únicamente
vayan a tener resultados durante mi administración, sino lo
ético es que ahora hagamos cosas que trasciendan en esta
Administración para que los que vengan después tengan una
situación que les dé una plataforma más favorable respecto a
la construcción de un mejor futuro. Y esto, se nos dice que
lejos de relajar el esfuerzo; lejos de aminorar la tarea, en los
años inmediatos, tenemos que apresurar el paso. Y tenemos que
cuidar muchas cosas.
Como Presidente de la República sé muy bien que mi
responsabilidad es cuidar ciertas cosas fundamentales, en primer
lugar, en lo económico tengo muy claro que los mexicanos estamos
hartos de vivir crisis sexenales; los mexicanos no queremos ya
que, cada vez que cambie la Administración Federal, el espectro
y la realidad de la crisis se pose sobre nuestro país.
Y en ese sentido, como Presidente de la República, entiendo muy
bien que es mí responsabilidad convocar a todos los mexicanos,
diseñar las políticas que le corresponden, diseñar al
Ejecutivo Federal para que en, el año 2000 y en esa transición
del año 2000 al año 2001, nuestro país tenga una clara,
evidente, fortaleza económica que impida, bajo cualquier
circunstancia, que volvamos a sufrir el trauma de la crisis
sexenal.
(Aplausos)
Hacer esto, implica muchas cosas: lo primero, hablarle, como debe
ser siempre con la verdad a la gente y con la verdad hemos
enfrentado la crisis del 95; con la verdad hemos enfrentado las
circunstancias, algo complicadas de 1998; y con la verdad, en su
momento, habré de decirle a la gente qué tenemos que hacer,
desde ahora, para evitar ese trauma de la crisis sexenal. Y
habrá de hacer la convocatoria para que tomemos la parte que nos
corresponde. Eso es en lo económico.
Para tender ese puente hacia el mediano y largo plazo tenemos que
seguir avanzando también en lo político. No podemos darnos por
satisfechos, de modo alguno, con lo logrado. Es cierto, hoy la
competencia política, el pluralismo, la libertad son hechos
insoslayables de la vida cotidiana de nuestro país. Y eso es
algo irrenunciable. Este camino no tiene retorno. Pero no es
suficiente.
Hoy, gracias a esa libertad, gracias a ese pluralismo, gracias a
ese nueva normalidad democrática que estamos logrando los
mexicanos, las cosas están cambiando; pero las cosas no deben de
cambiar únicamente para unos cuantos, las cosas tienen que
cambiar para todos. La democracia implica, para todos, mayor
responsabilidad.
Como Presidente de la República he tomado, de manera muy
consciente, ciertas decisiones para que el Ejecutivo Federal se
ciña, rigurosamente, a su mandato constitucional. Y en ese
sentido, muy conscientemente, hemos cedido parte de la autoridad,
parte incluso del poder que la Presidencia de la República
solía ostentar en nuestro país. Lo hemos hecho, primero, porque
la sociedad lo demanda; segundo porque finalmente o somos o no
somos una República Federal democrática. Y en una República Federal
democrática no caben los grandes sacerdotes y el ejercicio
autoritario del poder. Y por eso lo hemos hecho.
Pero si el Presidente de la República y el Ejecutivo Federal han
probado en los hechos que se ciñen, rigurosamente, al ejercicio
de su responsabilidad constitucional, entonces, a los otros
Poderes del Estado, a todas las fuerzas políticas, también les
corresponde ejercer de manera absolutamente escrupulosa y
comprometida la responsabilidad que tienen ante el pueblo de
México. ¿Qué quiere decir esto?
Que el futuro --nunca ha sido el caso, pero menos ahora-- no lo
puede construir solo un hombre o el Presidente de la República.
(Aplausos). El futuro lo construye, sobre todo, la sociedad, pero
a las fuerzas políticas, partidos políticos, a los otros
Poderes del Estado, a los otros niveles de gobierno, les
corresponde una enorme y trascendente responsabilidad, que nadie
puede soslayar, que nadie puede rehuir, una responsabilidad de la
cual nadie puede ni debe sustraerse. ¿Qué quiere decir esto?
Esto quiere decir muchas cosas: en primer lugar, que para
consolidar esta normalidad democrática, que ya estamos viviendo,
de nuestra cultura, de nuestra práctica política, tenemos que
olvidarnos de actitudes que posiblemente en el pasado tuvieron
alguna justificación. Yo lo dudo pero quiero conceder. ¿Qué
actitudes o qué sentimientos son esos?
Me refiero al rencor, tenemos que hacer a un lado al rencor y me
refiero al revanchismo. A mí me preocupa mucho que en muchas
actitudes, en muchas acciones, en muchas declaraciones, de
ciertos personajes políticos de hoy se distingue un sentimiento
de rencor y de revanchismo.
Y estoy convencido de que el pueblo de México ha votado por la
libertad y por la democracia, no para padecer revanchismos y
rencores. El pueblo de México ha votado por la libertad y por la
democracia, precisamente, para que a partir de la unidad y de la
armonía nacional, podamos juntos entre todos construir ese mejor
futuro. Y por lo mismo, estando aquí en esta comunidad tan
solidaria, tan amigable, resulta muy propio decirles a otros
mexicanos que siempre respetamos y que siempre respetaremos y
quizás ha llegado la hora de enterrar esos rencores y esos
revanchismos.
Respetarnos en nuestras diferencias, respetarnos en nuestra
pluralidad, porque esa pluralidad es esencial para esta vida
democrática. Pero que enterremos esos rencores, esos
revanchismos y esas lamentables paranoias.
De otra manera, esa energía social tan extraordinaria que tiene
nuestro país, que tiene nuestra nación estará
desperdiciándose, ¿o no están ustedes de acuerdo? (Aplausos)
Y a partir de ese espíritu, de lograrse ese espíritu, creo que
entonces será posible construir ciertos acuerdos sobre
cuestiones fundamentales que nuestro país necesita cumplir para
seguir adelante. En el pasado, en el curso que con motivo del
Informe Presidencial, vine al Congreso de la Unión, ya hablaba
yo sobre la necesidad de contar con una política de Estado; una
Política Económica de Estado para poder ver realmente hacia
largo plazo.
Lograr acuerdos esenciales, donde las distintas fuerzas
políticas logramos reconocer que más allá de ideologías, más
allá de matices e incluso más allá de atavismos ideológicos,
hay ciertas cuestiones básicas en economía que tienen que ser
respetadas, que no pueden ser violadas, si estamos de acuerdo en
que el objetivo fundamental central de nuestro país, en materia
económica, es el crecimiento del empleo en condiciones de
estabilidad financiera y de precios.
Muchos meses han pasado, mucha insistencia de mi parte, en la
agenda pública hemos visto muchos asuntos. No quiero demeritar
ninguno de ellos, pero poco se ha respondido de otros lados hacia
este llamado.
Creo que ese llamado para lograr acuerdos en ese punto y en otros
puntos, en otros asuntos, son muy importantes para la vida del
país, tienen que ser crecientemente enérgicos de mi parte,
porque --reitero-- el pueblo de México está esperando mucho de
esta democracia que el propio pueblo de México ha construido, y
no queremos que el pueblo de México --y estoy seguro que no va a
ocurrir-- que el pueblo de México se decepcione de esta nueva
democracia, que tiene que ser a futuro no más débil, sino más
fuerte.
Por último, y trataré de hacerlo con mucho cuidado, quiero
referirme a un punto que tocaba ya el presidente del Centro
Libanés, y digo que quiero hacerlo con mucho cuidado porque sé
que es un tema bastante sencillo, pero este es uno de los lugares
donde realmente me siento motivado y estimulado hacer.
Ustedes son descendientes de una gran familia que empezó a
llegar a nuestra patria, a la patria de todos nosotros, hace más
de 100 años, que es poco tiempo en la historia de una nación
como México, y esta extraordinaria comunidad que esta
constituida por los mexico-libaneses o descendientes de libaneses
o de mexico-libaneses, creo que pone de relieve la generosidad,
la naturaleza de nuestra patria hacia quienes vienen de fuera.
México es cruce de caminos, es tierra generosa, que ha recibido
siempre a quienes vienen de fuera; ha sido asilo de perseguidos
cuando ha habido conflictos, cuando ha habido grandes guerras en
otros lados, cuando esa democracia que algunos quieren venir de
fuera a dictarnos, no ha sido la regla en sus propias tierras,
sino que allá han estado sufriendo el autoritarismo, el
fascismo, el totalitarismo. Esta tierra, pues, ha sido tierra
generosa que ha recibido a perseguidos y a víctimas de ese
fascismo, de ese totalitarismo y, sin embargo, por diversas
circunstancias, señaladamente ese desgarrador conflicto que
todos sufrimos, que es el conflicto de Chiapas, hoy en día
parecería ser que lo políticamente correcto en otros países,
para las llamadas fuerzas o personas "progresistas", es
señalar a México como un país de opresión, como un país de
persecución, como un país de injusticia, como un país donde el
Estado y buena parte de la sociedad maltrata a su población
indígena, y se nos enjuicia, se nos critica y se nos señala, y
esto creo que no solamente es lamentable, sino que es
profundamente injusto; injusto para un país que, reitero, ha
sido siempre tierra generosa y ha sido siempre tierra de
tolerancia para muchos que no tuvieron esa generosidad y esa
tolerancia en su propia tierra. Y yo creo que los mexicanos
tenemos toda la razón cuando nos indignamos y nos molestamos por
esa situación.
Naturalmente, reitero, somos un pueblo tolerante; nunca vamos a
caer en la provocación, nunca vamos a responder con agresión,
porque la agresión lo único que logra es dividir más, es herir
más, es sangrar más, pero quizás sí estemos en el derecho de
decirles a esos "progresistas" que hoy consideran, y
cuando digo progresistas les puse comillas, porque el sentido de
lo progresista claramente está cambiando en el mundo, aunque
algunos no se den cuenta; cuando esos progresistas vienen a
nuestro país a señalarnos nuestros defectos, desde su
perspectiva, pues, quizás debieran saber un poco más de nuestra
historia: quizás debieran saber, esos que nos señalan como
opresores de nuestra población indígena, que este país, a muy
pocos años de haber logrado su independencia --apenas 40 años o
menos, poco menos de haber logrado su independencia--, este país
ya tuvo un Presidente de la República, ¡el más grande
Presidente que hemos tenido, que era un indígena puro, y eso yo
no sé que país o ciudadanos de esos países pueden hablar o
decir lo mismo!
Yo no sé si valiera la pena que ellos supieran que cuando en sus
países todavía se practicaba un colonialismo, el cual sigue
sufriendo en algunas partes del mundo la humanidad, y quizás
ustedes sepan de un país que está muy cerca de su corazón,
país que sigue sufriendo todavía las secuelas del colonialismo,
es Líbano, entonces puedan establecer claramente la diferencia
entre este país generoso y esos países que hoy son naciones,
que mucho respetamos, pero que tienen ciudadanos que están
haciendo un juicio equivocado sobre México; que tienen que
entender que sólo corresponde a los mexicanos darse sus leyes y
sus instituciones; que sólo corresponde a los mexicanos resolver
los problemas de carácter interno, y que sepan que los
mexicanos, por la vía de la conciliación, por la vía de la
política; por la vía del entendimiento, vamos a resolver esos
problemas, como el de Chiapas, que tanto daño nos han causado.
(Aplausos). Y, reitero, les digo esto porque ustedes para mí son
testigos de mucha calidad, de lo que es y de lo que vale nuestro
México.
Por último, es el tema más serio que traigo con ustedes, y
éste sí va a adquirir un carácter muy severo: quiero decirles
que no quiero volver a reunirme con ustedes hasta que no esté
listo el nuevo centro deportivo. (Aplausos). Quienes han estado
ayudando en eso, pues, el año pasado me ofrecieron que en
noviembre, pero de 1997, y ya le sumaron uno, y ya me dijeron que
en noviembre de 1998. Bueno, les voy a hacer una concesión
extraordinaria: que no sea la última semana de noviembre de
1998, que sea la primera semana de diciembre de 1998. (Aplausos).
Muchas gracias.
-oooooo-