México, D.F., 6 de mayo de 1998.

Versión estenográfica de las palabras del presidente Ernesto Zedillo, durante la comida que le ofreció la Comunidad Libanesa en México, en el Centro Libanés de esta ciudad.

Muy apreciado señor Amín Saiden, presidente del Consejo Directivo del Centro Libanés;
Muy querido y respetado señor Arzobispo;
Muy apreciado señor Embajador del Líbano en nuestro país y Decano del Cuerpo Diplomático acreditado en México;
Muy respetados y queridos amigos y amigas de la comunidad mexicano-libanesa:

Es para mí motivo de enorme satisfacción, de gran júbilo el acudir de nuevo, por segunda vez como Presidente de la República, a este encuentro con esta comunidad que tanto aprecio, como mexicano, y especialmente también como Presidente de la República, porque en todos ustedes reconozco personas que mucho han hecho y que mucho van a seguir haciendo por la grandeza de ese México que es de todos nosotros.

Quiero agradecerles la comida, porque estuvo riquísima, y como ahora me resulta un poco más difícil ir a los restaurantes a los que solía ir cuando era un ciudadano común y corriente, señaladamente a El Edén, en la calle de Correo Mayor, pues, ahora puedo venir aquí cada vez que ustedes me invitan y disfrutar esta comida que de veras me gusta muchísimo. Así que gracias por la comida. (Aplausos).

Como decía antes, ya han sido dos las ocasiones en que he tenido el gusto, como Presidente, de estar aquí con ustedes, y en esas dos ocasiones he tratado de reflexionar un poco respecto a la situación del momento del país y también ver con ustedes un poco hacia el futuro.

La primera visita que hice aquí fue a fines de 1995. Recuerdo muy bien que en aquella ocasión les expresé mi confianza de que a pesar de que todavía nos encontrábamos sufriendo las manifestaciones más graves de aquella crisis económica financiera, les dije que yo, al igual que ustedes, tenía toda la confianza de que muy pronto habríamos de empezar a ver la luz al final del túnel.

Como se los dije a principios de 1997, ustedes y yo teníamos razón. Ya a principios de 1997 podíamos establecer con toda confianza que nuestra economía había superado esa grave crisis económica financiera y que estábamos ya claramente montados en un proceso de recuperación. Les mencionaba entonces que nuestro gran reto era consolidar esa recuperación económica, para transformarla en un proceso de crecimiento económico sostenido, no porque el crecimiento sea el fin último, el crecimiento económico es únicamente el medio que se da el Estado y la sociedad para poder contar con los recursos que nos permitan tener lo más importante, que es el empleo, los mejores salarios y los medios para poder desplegar una ambiciosa política social que nos permita igualar oportunidades para todos los mexicanos; lograr una sociedad más justa; abatir esos graves rezagos, esos graves problemas que a todos los mexicanos mucho nos preocupan y que todos estamos decididos a superar.

A principios del año pasado también les dije que teníamos buenas razones para ser optimistas en cuanto al avance de la vida política de nuestro país. Les expresé mi sincera confianza de que gracias a las reformas emprendidas durante 1996 en materia político-electoral, ese año --el de 1997-- habríamos de tener un proceso electoral ejemplar, del cual los mexicanos, con independencia de los resultados de las elecciones, habríamos de sentirnos profundamente satisfechos, toda vez que aquí vivíamos la convicción de que México había llegado ya a la normalidad democrática.

¿Qué les puedo decir hoy? Les puedo decir que a pesar de los problemas, a pesar de las dificultades, a pesar de los retos antiguos y nuevos, el país sigue avanzando, y que ustedes y yo debemos seguir teniendo, y tenemos buenas razones para continuar siendo optimistas acerca del futuro de nuestra patria.

Es cierto, en lo económico las cosas se nos han complicado algo. Desde la última vez que nos vimos, efectivamente, en 1997, un año satisfactorio en cuanto al crecimiento de la economía, tuvimos el crecimiento más alto en más de tres lustros; logramos recuperar los empleos que habíamos perdido en la crisis económica; avanzamos en una reducción adicional de la inflación, y a fines de 1997 todos sentíamos que el panorama era bastante favorable para este 1998.

Desde entonces han aparecido circunstancias, pero ninguna nos ha descarrilado del camino sobre el cual veníamos, pero que, ciertamente, nos han hecho la tarea un poco más compleja, nos han hecho el reto más grande; pero con la confianza que hemos adquirido los mexicanos, a partir del enorme esfuerzo que hemos aplicado en años anteriores y de los logros que hemos alcanzado, yo continúo siendo, fundamentalmente, optimista acerca de lo que podemos lograr, y vamos a lograr, a pesar de esas dificultades.

¿Cuáles son esas dificultades? Ustedes las conocen: apareció con gran fuerza esa crisis en Asia que, querámoslo o no, ha tenido alguna consecuencia sobre las condiciones que afectan nuestro propio desempeño económico y, señaladamente, hemos sufrido una caída severa en los precios del petróleo, lo cual tiene, por una parte, algún impacto en nuestra balanza de pagos, y tiene un impacto vital muy considerable, ya que el Estado mexicano sigue siendo altamente dependiente de los ingresos petroleros para el sustento de sus finanzas. Esa es la mala noticia: que las condiciones que habíamos previsto para este 1998 son distintas, en el lado negativo, a lo que habíamos anticipado.

Pero la buena noticia es que, gracias no al esfuerzo que hemos desplegado únicamente durante esta Administración, sino al esfuerzo de más de diez años que hemos hecho los mexicanos para transformar la estructura de nuestra economía y entrar sin complejos y con toda decisión a esa nueva economía globalizada, poniéndonos firmemente en esa competencia por los mercados internacionales, renovando nuestras estructuras internas, desregulando y abriendo nuevas oportunidades para la inversión privada, a pesar de esas circunstancias adversas que en otros tiempos hubiesen tenido consecuencias francamente nefastas y adversas para el desempeño de la economía del país, hoy, a pesar de esas circunstancias, podemos ver hacia adelante con optimismo nuestras oportunidades y nuestras perspectivas económicas.

Hemos sufrido, es cierto, un choque externo de gran consideración, pero, reitero, gracias a los fundamentos que con el esfuerzo de todos los mexicanos hemos construido, yo puedo aseverar, con toda confianza, que en 1998 habremos de tener otra vez un buen año en cuanto al desempeño de la economía general del país. Y esa situación y, reitero, el crecimiento no es el fin sino el medio y, por lo mismo, el hecho de que mantengamos esas perspectivas, quizás no ya tan buenas como hace cuatro meses, pero todavía buenas, nos permitirá seguir avanzando en el frente social que, para mí, es el frente más importante de la política pública en nuestro país. Y en ese sentido, este año vamos a seguir avanzando en la educación de los mexicanos.

Todos debemos estar muy satisfechos de que a pesar de las circunstancias económicas adversas que tuvimos en años anteriores, nuestro sistema educativo pudo seguir creciendo y no únicamente en lo cuantitativo, sino también en lo cualitativo.

Debemos estar muy satisfechos de que en nuestro sistema educativo reciben instrucción, hoy en día, más de 28 millones de niños y jóvenes. Eso se dice rápido, pero imagínense ustedes cuántos países del mundo tienen una población inferior a esos 28 millones de personas.

Nosotros, gracias a la contribución de todos los mexicanos, y no obstante nuestros problemas, podemos darle educación mayoritariamente pública --por cierto-- a 28 millones de niños y jóvenes; casi dos millones más de lo que hacíamos hace poco más de tres años.

A pesar de esos problemas, estamos avanzando en la provisión de la salud para los mexicanos, y para mí es muy satisfactorio que más de 6 millones de mexicanos que hace 3 años y medio no habían conocido ninguna forma de servicio de salud, hoy ya puedan tenerlo.

Para mí, también, es muy satisfactorio que a otros servicios básicos inaccesibles para muchos mexicanos, ahora muchos mexicanos reciban esos servicios básicos que antes no los tenían: como el agua potable, el drenaje y la electricidad. Ese es el camino social por el que tenemos que seguir, pero teniendo énfasis en algo muy importante: el apoyo hacia los que menos tienen.

México, lamentablemente, por muchas circunstancias, por historia, por la estructura económica que cargamos durante muchos años, es un país donde lamentablemente la injusticia en la distribución del ingreso y la riqueza y, por lo mismo la pobreza, resulta abrumadora. Por eso, tenemos que hacer un esfuerzo especial para dirigir la tarea del estado y la tarea de la sociedad a apoyar a los que menos tienen.

Quiero decirles que no sin dificultades, no sin enormes carencias, deseando siempre tener más recursos para ese propósito, en ese renglón estamos avanzando. Hemos transformado muchos de los programas del Estado para dirigirlos de manera específica a apoyar a los que menos tienen.

Hace tres años, en nuestro país recibían desayunos niños de escasos recursos, un millón diario. Les puedo decir que en 1998 alcanzaremos la cifra de 4 millones de desayunos y queremos seguir avanzando, porque sabemos que lo importante es que los niños que no tengan recursos, puedan recibir al menos alguna alimentación en las escuelas, pero eso no es suficiente.

Hay grupos de nuestro pueblo, de nuestra sociedad, que aún cuando tengan la escuela, el maestro, el libro de texto gratuito y aún el desayuno escolar, la probabilidad de que accedan a la escuela y que sean retenidos en la escuela, es todavía muy baja.

De ahí surge entonces la necesidad y la idea de tener un programa que, de manera integral, logre que los niños vayan a la escuela, los niños más pobres vayan a la escuela y permanezcan ahí hasta que por lo menos completen la educación secundaria.

Es así como hemos establecido un programa que llamamos Progresa, un programa que está dirigido precisamente a los grupos que constituyen el núcleo más duro de la pobreza en nuestro país, los olvidados de los olvidados.

Para esas personas y para esas familias estamos construyendo ese programa, un programa que reconoce que no es suficiente en la escuela, que no es suficiente en el maestro, que ni siquiera bastaría con el desayuno gratuito en la mañana.

Es un programa que parte de reconocer que la pobreza es un fenómeno integral; es un fenómeno que constituye un cerco, un círculo vicioso, en el cual la gente y las familias, los niños en esas comunidades, están atrapados.

Y, por lo tanto, es un programa que está diseñado de manera integral; de manera integral para que las niñas y los niños reciban becas hasta completar su escuela secundaria; para que la familia, no solamente las niñas y los niños, reciban servicios médicos asistenciales, cuyo otorgamiento está condicionado a que los padres de familia, señaladamente la madre de familia, se comprometan a que los niños acudan regularmente a la escuela.

Programa que otorga un apoyo enumerario en efectivo, para que no solamente los niños tengan algo, sino también la madre, el padre de familia, los otros hermanos y así podamos tener un núcleo familiar, en el que la angustia de lo más inmediato no constituya un motivo para que los niños sean retirados de la escuela.

Este programa Progresa, en 1998 habrá de llegar, gracias a un gran esfuerzo de la República, porque finalmente es el dinero de la República, el dinero de quienes contribuyen con sus impuestos, estará llegando ya a dos millones de familias en nuestro país.

Pónganse ustedes a pensar lo que esto significa para México dentro de unos años. Esas familias que, de ninguna manera, bajo las condiciones anteriores tendrían una oportunidad, ahora podamos tener alguna certeza de que sus hijos van a ser educados, gracias a ese apoyo integral.

Queremos llegar, de ser posible, y veremos como se presentan las circunstancias económicas a fines de esta administración, a 4 millones de familias.

Estamos, entonces, avanzando en la economía; estamos avanzando en lo social, pero tal como lo comentaba hace poco más de un año con ustedes, hoy les puedo decir con toda certeza que estamos también avanzando en lo político.

Efectivamente, tal y como nos lo propusimos todos, el año pasado en las elecciones de julio tuvimos un proceso electoral que, como nos lo habíamos propuesto, con indiferencia de los resultados particulares de las elecciones, creo que a la generalidad de los mexicanos nos dejaron esas elecciones muy satisfechos por su legalidad, por su equidad y por su transparencia.

Yo quiero recordar aquel lunes después de las elecciones, porque la sensación que yo percibí hablando con la gente; salí a hacer un recorrido; trataba de comentar con la gente qué pensaban y qué sentían y al final de ese lunes me quedé con la sensación de que la generalidad de los mexicanos, sin ninguna duda, con una gran convicción y --diría-- hasta con una gran felicidad, se asumían ya partes de un país genuinamente democrático.

Eso no es poca cosa, porque los mexicanos tenemos como valor el de la democracia, y no hay ninguna razón de carácter personal, de carácter partidista, de carácter de grupo o como algunas veces algunos políticos pensaron, razón de Estado, para que este país no pueda tener una plena democracia.

Estoy convencido que gracias, no nada más a la reforma del '96, sino a las sucesivas reformas electorales que se han dado en nuestro país desde fines de los años setenta, estamos ya llegando --sin duda-- a esa normalidad democrática que queremos y que anhelamos todos los mexicanos.

Considero que debemos estar satisfechos, nunca en un tono triunfalista respecto a lo que hemos avanzado, pero igualmente debemos estar muy conscientes de lo que nos falta por avanzar y quiero decirles, con toda franqueza, desde mi punto de vista, que es mucho lo que todavía tenemos que hacer como país, para poder estar realmente satisfechos.

Naturalmente, como Presidente de la República, mi responsabilidad habrá de ser durante los poco más de dos años y medio que restan a la Administración que presido; éticamente me corresponde hacer cosas, emprender cosas que no únicamente vayan a tener resultados durante mi administración, sino lo ético es que ahora hagamos cosas que trasciendan en esta Administración para que los que vengan después tengan una situación que les dé una plataforma más favorable respecto a la construcción de un mejor futuro. Y esto, se nos dice que lejos de relajar el esfuerzo; lejos de aminorar la tarea, en los años inmediatos, tenemos que apresurar el paso. Y tenemos que cuidar muchas cosas.

Como Presidente de la República sé muy bien que mi responsabilidad es cuidar ciertas cosas fundamentales, en primer lugar, en lo económico tengo muy claro que los mexicanos estamos hartos de vivir crisis sexenales; los mexicanos no queremos ya que, cada vez que cambie la Administración Federal, el espectro y la realidad de la crisis se pose sobre nuestro país.

Y en ese sentido, como Presidente de la República, entiendo muy bien que es mí responsabilidad convocar a todos los mexicanos, diseñar las políticas que le corresponden, diseñar al Ejecutivo Federal para que en, el año 2000 y en esa transición del año 2000 al año 2001, nuestro país tenga una clara, evidente, fortaleza económica que impida, bajo cualquier circunstancia, que volvamos a sufrir el trauma de la crisis sexenal.

(Aplausos)

Hacer esto, implica muchas cosas: lo primero, hablarle, como debe ser siempre con la verdad a la gente y con la verdad hemos enfrentado la crisis del 95; con la verdad hemos enfrentado las circunstancias, algo complicadas de 1998; y con la verdad, en su momento, habré de decirle a la gente qué tenemos que hacer, desde ahora, para evitar ese trauma de la crisis sexenal. Y habrá de hacer la convocatoria para que tomemos la parte que nos corresponde. Eso es en lo económico.

Para tender ese puente hacia el mediano y largo plazo tenemos que seguir avanzando también en lo político. No podemos darnos por satisfechos, de modo alguno, con lo logrado. Es cierto, hoy la competencia política, el pluralismo, la libertad son hechos insoslayables de la vida cotidiana de nuestro país. Y eso es algo irrenunciable. Este camino no tiene retorno. Pero no es suficiente.

Hoy, gracias a esa libertad, gracias a ese pluralismo, gracias a ese nueva normalidad democrática que estamos logrando los mexicanos, las cosas están cambiando; pero las cosas no deben de cambiar únicamente para unos cuantos, las cosas tienen que cambiar para todos. La democracia implica, para todos, mayor responsabilidad.

Como Presidente de la República he tomado, de manera muy consciente, ciertas decisiones para que el Ejecutivo Federal se ciña, rigurosamente, a su mandato constitucional. Y en ese sentido, muy conscientemente, hemos cedido parte de la autoridad, parte incluso del poder que la Presidencia de la República solía ostentar en nuestro país. Lo hemos hecho, primero, porque la sociedad lo demanda; segundo porque finalmente o somos o no somos una República Federal democrática. Y en una República Federal democrática no caben los grandes sacerdotes y el ejercicio autoritario del poder. Y por eso lo hemos hecho.

Pero si el Presidente de la República y el Ejecutivo Federal han probado en los hechos que se ciñen, rigurosamente, al ejercicio de su responsabilidad constitucional, entonces, a los otros Poderes del Estado, a todas las fuerzas políticas, también les corresponde ejercer de manera absolutamente escrupulosa y comprometida la responsabilidad que tienen ante el pueblo de
México. ¿Qué quiere decir esto?

Que el futuro --nunca ha sido el caso, pero menos ahora-- no lo puede construir solo un hombre o el Presidente de la República. (Aplausos). El futuro lo construye, sobre todo, la sociedad, pero a las fuerzas políticas, partidos políticos, a los otros Poderes del Estado, a los otros niveles de gobierno, les corresponde una enorme y trascendente responsabilidad, que nadie puede soslayar, que nadie puede rehuir, una responsabilidad de la cual nadie puede ni debe sustraerse. ¿Qué quiere decir esto?

Esto quiere decir muchas cosas: en primer lugar, que para consolidar esta normalidad democrática, que ya estamos viviendo, de nuestra cultura, de nuestra práctica política, tenemos que olvidarnos de actitudes que posiblemente en el pasado tuvieron alguna justificación. Yo lo dudo pero quiero conceder. ¿Qué actitudes o qué sentimientos son esos?

Me refiero al rencor, tenemos que hacer a un lado al rencor y me refiero al revanchismo. A mí me preocupa mucho que en muchas actitudes, en muchas acciones, en muchas declaraciones, de ciertos personajes políticos de hoy se distingue un sentimiento de rencor y de revanchismo.

Y estoy convencido de que el pueblo de México ha votado por la libertad y por la democracia, no para padecer revanchismos y rencores. El pueblo de México ha votado por la libertad y por la democracia, precisamente, para que a partir de la unidad y de la armonía nacional, podamos juntos entre todos construir ese mejor futuro. Y por lo mismo, estando aquí en esta comunidad tan solidaria, tan amigable, resulta muy propio decirles a otros mexicanos que siempre respetamos y que siempre respetaremos y quizás ha llegado la hora de enterrar esos rencores y esos revanchismos.

Respetarnos en nuestras diferencias, respetarnos en nuestra pluralidad, porque esa pluralidad es esencial para esta vida democrática. Pero que enterremos esos rencores, esos revanchismos y esas lamentables paranoias.

De otra manera, esa energía social tan extraordinaria que tiene nuestro país, que tiene nuestra nación estará desperdiciándose, ¿o no están ustedes de acuerdo? (Aplausos)

Y a partir de ese espíritu, de lograrse ese espíritu, creo que entonces será posible construir ciertos acuerdos sobre cuestiones fundamentales que nuestro país necesita cumplir para seguir adelante. En el pasado, en el curso que con motivo del Informe Presidencial, vine al Congreso de la Unión, ya hablaba yo sobre la necesidad de contar con una política de Estado; una Política Económica de Estado para poder ver realmente hacia largo plazo.

Lograr acuerdos esenciales, donde las distintas fuerzas políticas logramos reconocer que más allá de ideologías, más allá de matices e incluso más allá de atavismos ideológicos, hay ciertas cuestiones básicas en economía que tienen que ser respetadas, que no pueden ser violadas, si estamos de acuerdo en que el objetivo fundamental central de nuestro país, en materia económica, es el crecimiento del empleo en condiciones de estabilidad financiera y de precios.

Muchos meses han pasado, mucha insistencia de mi parte, en la agenda pública hemos visto muchos asuntos. No quiero demeritar ninguno de ellos, pero poco se ha respondido de otros lados hacia este llamado.

Creo que ese llamado para lograr acuerdos en ese punto y en otros puntos, en otros asuntos, son muy importantes para la vida del país, tienen que ser crecientemente enérgicos de mi parte, porque --reitero-- el pueblo de México está esperando mucho de esta democracia que el propio pueblo de México ha construido, y no queremos que el pueblo de México --y estoy seguro que no va a ocurrir-- que el pueblo de México se decepcione de esta nueva democracia, que tiene que ser a futuro no más débil, sino más fuerte.

Por último, y trataré de hacerlo con mucho cuidado, quiero referirme a un punto que tocaba ya el presidente del Centro Libanés, y digo que quiero hacerlo con mucho cuidado porque sé que es un tema bastante sencillo, pero este es uno de los lugares donde realmente me siento motivado y estimulado hacer.

Ustedes son descendientes de una gran familia que empezó a llegar a nuestra patria, a la patria de todos nosotros, hace más de 100 años, que es poco tiempo en la historia de una nación como México, y esta extraordinaria comunidad que esta constituida por los mexico-libaneses o descendientes de libaneses o de mexico-libaneses, creo que pone de relieve la generosidad, la naturaleza de nuestra patria hacia quienes vienen de fuera.

México es cruce de caminos, es tierra generosa, que ha recibido siempre a quienes vienen de fuera; ha sido asilo de perseguidos cuando ha habido conflictos, cuando ha habido grandes guerras en otros lados, cuando esa democracia que algunos quieren venir de fuera a dictarnos, no ha sido la regla en sus propias tierras, sino que allá han estado sufriendo el autoritarismo, el fascismo, el totalitarismo. Esta tierra, pues, ha sido tierra generosa que ha recibido a perseguidos y a víctimas de ese fascismo, de ese totalitarismo y, sin embargo, por diversas circunstancias, señaladamente ese desgarrador conflicto que todos sufrimos, que es el conflicto de Chiapas, hoy en día parecería ser que lo políticamente correcto en otros países, para las llamadas fuerzas o personas "progresistas", es señalar a México como un país de opresión, como un país de persecución, como un país de injusticia, como un país donde el Estado y buena parte de la sociedad maltrata a su población indígena, y se nos enjuicia, se nos critica y se nos señala, y esto creo que no solamente es lamentable, sino que es profundamente injusto; injusto para un país que, reitero, ha sido siempre tierra generosa y ha sido siempre tierra de tolerancia para muchos que no tuvieron esa generosidad y esa tolerancia en su propia tierra. Y yo creo que los mexicanos tenemos toda la razón cuando nos indignamos y nos molestamos por esa situación.

Naturalmente, reitero, somos un pueblo tolerante; nunca vamos a caer en la provocación, nunca vamos a responder con agresión, porque la agresión lo único que logra es dividir más, es herir más, es sangrar más, pero quizás sí estemos en el derecho de decirles a esos "progresistas" que hoy consideran, y cuando digo progresistas les puse comillas, porque el sentido de lo progresista claramente está cambiando en el mundo, aunque algunos no se den cuenta; cuando esos progresistas vienen a nuestro país a señalarnos nuestros defectos, desde su perspectiva, pues, quizás debieran saber un poco más de nuestra historia: quizás debieran saber, esos que nos señalan como opresores de nuestra población indígena, que este país, a muy pocos años de haber logrado su independencia --apenas 40 años o menos, poco menos de haber logrado su independencia--, este país ya tuvo un Presidente de la República, ¡el más grande Presidente que hemos tenido, que era un indígena puro, y eso yo no sé que país o ciudadanos de esos países pueden hablar o decir lo mismo!

Yo no sé si valiera la pena que ellos supieran que cuando en sus países todavía se practicaba un colonialismo, el cual sigue sufriendo en algunas partes del mundo la humanidad, y quizás ustedes sepan de un país que está muy cerca de su corazón, país que sigue sufriendo todavía las secuelas del colonialismo, es Líbano, entonces puedan establecer claramente la diferencia entre este país generoso y esos países que hoy son naciones, que mucho respetamos, pero que tienen ciudadanos que están haciendo un juicio equivocado sobre México; que tienen que entender que sólo corresponde a los mexicanos darse sus leyes y sus instituciones; que sólo corresponde a los mexicanos resolver los problemas de carácter interno, y que sepan que los mexicanos, por la vía de la conciliación, por la vía de la política; por la vía del entendimiento, vamos a resolver esos problemas, como el de Chiapas, que tanto daño nos han causado. (Aplausos). Y, reitero, les digo esto porque ustedes para mí son testigos de mucha calidad, de lo que es y de lo que vale nuestro México.

Por último, es el tema más serio que traigo con ustedes, y éste sí va a adquirir un carácter muy severo: quiero decirles que no quiero volver a reunirme con ustedes hasta que no esté listo el nuevo centro deportivo. (Aplausos). Quienes han estado ayudando en eso, pues, el año pasado me ofrecieron que en noviembre, pero de 1997, y ya le sumaron uno, y ya me dijeron que en noviembre de 1998. Bueno, les voy a hacer una concesión extraordinaria: que no sea la última semana de noviembre de 1998, que sea la primera semana de diciembre de 1998. (Aplausos).

Muchas gracias.



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