México, D.F., 18 de mayo de 1998.
Versión estenográfica de las palabras del
presidente Ernesto Zedillo, durante la comida que encabezó con
la Comunidad Judía de México, en el salón "Mural"
del Centro Deportivo Israelita, de esta ciudad.
Muy apreciado señor Ishie Gitlin, presidente del
Comité Central de la Comunidad Judía de México;
Muy apreciados señores de las distintas comunidades;
Amigas, amigos de la Comunidad judío-mexicana;
Señoras y señores:
Es realmente motivo de enorme satisfacción el
venir, por tercera ocasión, como Presidente de la República a
esta Casa de la Comunidad judío-mexicana y poder tener este
encuentro con tan destacados representantes de esta, tan querida,
tan entrañable Comunidad.
Recuerdo muy bien los temas que abordamos en
ocasiones anteriores y, ciertamente, hoy podemos decir con toda
confianza, que en algunos de esos temas hemos tenido, como país,
avances substanciales; pero también, con toda franqueza, debemos
decir que en otros temas, los retos que permanecen son todavía
extraordinariamente grandes y van a requerir del esfuerzo, la
voluntad, la tenacidad de todos nosotros, los que queremos y
creemos en nuestro país, para salir adelante.
Pero el mejor estímulo que puede uno recibir
como Presidente de la República, para tener esa voluntad y esa
capacidad de seguir haciendo y cumpliendo el mandato que le fue
encomendado, es precisamente encontrarse con la gente y
encontrarse con comunidades, como la de ustedes. Una Comunidad
que, como pocas, representa precisamente los valores que le hacen
posible a un pueblo salir adelante: los valores de la fe, los
valores de la confianza en sí mismos, el nunca darse por
vencidos y saber que si uno tiene la voluntad como persona y como
parte de una comunidad, siempre será posible superar los retos y
resolver los problemas.
Por eso, reitero, muchas gracias por recibirme en
su casa. No es la primera, pero también espero que ésta no sea
la última vez que ustedes me reciban como Presidente. Y, por
supuesto, como amigo espero que me reciban muchas otras veces.
(Aplausos).
Antes de abordar ciertos temas específicos,
quiero reiterar algo que hace algunos días comunicamos
formalmente al Gobierno de Israel, y es el sincero beneplácito
del Gobierno de la República, del Gobierno de México, por los
50 años de la fundación del Estado de Israel. Así lo hemos
expresado a su Presidente y qué bueno que ahora tengo la
oportunidad de expresárselos a ustedes.
También quiero reafirmar la enorme simpatía que
tiene el Gobierno de México, por el hecho de que el próximo
año habremos de ser, como país, no solamente ustedes como
comunidad, sino nuestro país será el anfitrión de esa macabiada,
que estaremos todos esperando con gran gusto, con gran ansiedad
para ver no solamente los resultados deportivos, sino esas cosas
más intangibles que son las que hermanan a los pueblos.
Todavía hace un año, poco más de un año, en
febrero de 1997, cuando tuve la oportunidad de estar por última
vez con ustedes, había ciertas dudas respecto a que si nuestro
país sería capaz de consolidar o de afirmar la recuperación
económica que entonces ya se vislumbraba. En aquel entonces, yo
les expresé mi confianza en el sentido de que en la medida en
que fuésemos perseverantes con las políticas que nos
permitieron enfrentar la emergencia y después iniciar la
recuperación, ésta habría de consolidarse.
Hoy ya, sin ninguna duda, les puedo decir, que la
confianza en ese hecho y la confianza de ustedes manifestada en
las decisiones de muchos de ustedes, de negocios en nuestro
país, esa confianza no ha sido defraudada.
Efectivamente, gracias, por una parte, a la
congruencia de las políticas que hemos aplicado, pero sobre
todo, a la gran voluntad y a la gran capacidad de nuestro pueblo,
México fue capaz de vencer aquella emergencia. Pero, sobre todo,
aún en circunstancias que no han resultado fáciles, hemos sido
capaces de sostener, y habremos de sostener, la recuperación que
se inició en el segundo trimestre de 1996.
Sin el ánimo de caer en triunfalismos, los
cuales son siempre indebidos, estoy seguro, sin embargo, que
tenemos ahora grandes y buenas razones para ver con confianza
hacia el futuro económico de nuestro país.
Gracias al esfuerzo de todos, tenemos una
estructura económica sólida; hemos reordenado nuestra economía
en sus principales variables; nos hemos demostrado a nosotros
mismos y al mundo, que al hacer las cosas bien somos capaces de
enfrentar con éxito circunstancias particularmente adversas.
Efectivamente, en 1998 las cosas se nos han
presentado algo distintas a lo que habíamos previsto hacia fines
de 1997. Hemos tenido, por una parte, esta crisis financiera en
los países asiáticos que, en mayor o menor medida, ha venido
afectando a la economía mundial. Y, al ser nosotros parte de esa
economía mundial, ciertamente esa crisis asiática entraña
riesgos para nosotros. Hoy lo hemos vuelto a vivir; se han vuelto
a vivir turbulencias en los mercados financieros asiáticos y
eso, naturalmente, dado los vasos comunicantes que existen en los
sistemas financieros de todos los países del mundo, ha tenido un
efecto sobre nuestro propio sistema financiero.
Sin embargo, tenemos la confianza de que, gracias
a que tenemos una estructura sólida y de que gracias a que
tenemos la capacidad y la voluntad de aplicar con toda
perseverancia las políticas económicas correctas, el signo de
la economía mexicana de 1998, a pesar de los obstáculos que
estamos enfrentando, habrá de ser el del crecimiento, el de la
continuada expansión de nuestra economía.
Esto es importante por sí mismo, pero sobre todo
es importante por las consecuencias sociales que conlleva.
Nuestro país tiene enormes carencias en lo social. Todavía
existen millones de mexicanos que, con toda razón, demandan un
mejor empleo. Pero, señaladamente, enfrentamos severos problemas
de pobreza y marcadas desigualdades en nuestra sociedad.
Para resolver esa pobreza, para corregir esas
desigualdades, para proveer esos empleos con mejores salarios que
demandan millones y millones de mexicanos, es que necesitamos el
crecimiento económico sostenido.
Ningún país puede salir de pobre si no es que a
lo largo de muchos años, quizá por varias generaciones, su
economía crece dinámicamente y eso es precisamente lo que
necesitamos en nuestro país y es por lo que estamos luchando
todos los mexicanos.
Yo les puedo decir que estoy convencido de que,
quizás nunca como en muchos años, hemos logrado reunir las
condiciones para alcanzar ese crecimiento económico sostenido.
No es únicamente el esfuerzo desplegado durante
la presente administración federal, sino han sido ya muchos
años en que los mexicanos hemos estado empeñados en la
transformación de nuestra economía, en abrirnos hacia el mundo,
en crear las condiciones para que seamos más competitivos y
podamos no únicamente sorprendernos ante las aplicaciones de la
economía sino aprovechar los retos que nos ofrece esa economía
globalizada, con el fin de traducir esos retos en oportunidades
para nuestra propia gente.
En ese sentido, es conveniente y necesario que
insistamos, y que yo insista, como Presidente de la República,
en la imperiosa necesidad de mantener con toda disciplina, las
políticas económicas que nos permitieron superar la crisis,
entrar a la recuperación, y que nos habrán de permitir alcanzar
el crecimiento económico sostenido.
Estoy seguro que, paulatina, clara y firmemente,
habremos de ir logrando los consensos que nos permitan que las
condiciones que se requieren para que nuestro país crezca de
manera sostenida, se vayan arraigando en todos los grupos
sociales, en todos los grupos políticos, con independencia de
las necesarias divergencias ideológicas, con independencia de la
muy valiosa pluralidad que hoy, felizmente, caracteriza a la
sociedad mexicana.
Estoy seguro que vamos a lograr esos consensos,
porque lograr consensos es siempre mucho más fácil en la
democracia. Convencer a la gente, hacerla participar y, sobre
todo, lograr que se comprometa, siempre será más fácil en la
democracia. Y los mexicanos, por fortuna --como bien lo señalaba
ya el Presidente de la Asociación de Comunidades Judías--,
también estamos avanzando en la democracia.
Hace un año, les señalaba mi optimismo respecto
a las jornadas cívicas en las cuales ya empezábamos a entrar en
aquellos meses. Les aseguraba yo que, gracias a la reforma
política de 1996, los mexicanos habríamos de tener no sólo
elecciones legales transparentes sino también justas; y que
todos habríamos de quedar satisfechos con esas elecciones, con
independencia de los resultados particulares que surgieran de la
jornada electoral.
Hoy les puedo decir con satisfacción que quienes
confiaron y quienes confiamos en la vocación democrática del
pueblo de México, quienes confiaron en las instituciones que nos
hemos dado los mexicanos para impulsar y reafirmar esa
democracia, no nos equivocamos.
Hoy, los mexicanos podemos decir que hemos
entrado a una etapa definitiva, irreversible: en la
consolidación de nuestra vida democrática. Y esta nueva
democracia --que naturalmente no está llena de algunos
problemas-- presenta obstáculos, y que incluso algunas
manifestaciones de la propia democracia llegan a preocupar a
algunos --pero que a mí no me preocupan--, esa nueva democracia
es la que nos va a permitir, también, encontrar una nueva
estabilidad política conducente a ese crecimiento económico que
necesitamos como base para el desarrollo social, y que demanda
nuestro pueblo.
En esa nueva democracia es muy importante que se
reafirmen no solamente los principios que establece la ley en
materia política sino que --sobre todo-- de manera especial,
junto a ellos, se vayan afianzando en la sociedad mexicana
ciertos principios éticos que deben ser inherentes a cualquier
sociedad democrática. Y, quizás, uno de esos valores que deba
yo subrayar porque creo que es fundamental y porque creo que es
muy pertinente, el subrayarlo en esta casa--, es el valor de la
tolerancia.
Pocas comunidades mexicanas, como la judía,
pueden decir al resto de los mexicanos qué tan importante es la
tolerancia, qué tan importante es siempre encontrar fórmulas de
convivencia que nos permitan siempre respetar el derecho, la
opinión y la forma de vida de los demás en todos los tiempos. Y
hacerlo, siempre, por supuesto, dentro de la ley y dentro de las
instituciones. Y esto, algunas veces, algunos lo conciben como un
dilema: el tener que ser tolerante y, al mismo tiempo, el
apegarse fielmente a lo que establece la ley y a lo que marcan
las instituciones.
Pues, precisamente el gran mérito de cualquier
sociedad democrática, es encontrar ese justo balance entre la
obediencia de las leyes, el apego al Estado de Derecho, el poder
vivir dentro de la instituciones y, al mismo tiempo, practicar
con profundo sentido, valor ético y político, el de la
tolerancia.
El poder conciliar esos dos aspectos tan
importantes para la convivencia democrática es, sin duda, uno de
los grandes retos que estamos viviendo hoy en día en nuestro
país.
Por un lado, hay quienes insisten en que ante
cualquier expresión de diferencia, la pauta que debe regir, debe
ser la absoluta y total tolerancia, más allá y por encima de
cualquier consideración de tipo legal e institucional y eso nos
lleva a un extremo que haría nulo o nula la validez del Estado
de Derecho.
Y, en el otro extremo, están quienes piensan que
nada debe de afectar la vigencia del Estado de Derecho, y eso es
cierto, pero en la aplicación del Estado de Derecho el principio
de legalidad riñe con el concepto de tolerancia, y en esto
último, definitivamente no puedo estar de acuerdo.
Tenemos que tener legalidad en la sociedad
mexicana, pero al mismo tiempo, tenemos que tener tolerancia, si
es que nos reconocemos genuinamente como una sociedad plural, una
sociedad en donde legítimamente todos tenemos derecho a pensar
de acuerdo a nuestro interés, de acuerdo a nuestra creencia, de
acuerdo a nuestra propia perspectiva. Esta conciliación entre
legalidad y tolerancia es uno de los retos que constantemente
está enfrentando el Gobierno de la República.
Hace un momento, su Presidente se refería al
conflicto, a ese conflicto que nos ha afectado tanto a todos los
mexicanos: es el conflicto en el estado de Chiapas. Yo quiero
asegurarles que en ese conflicto, el mayor reto que ha tenido el
Gobierno de la República frente al resto de los mexicanos, ya no
únicamente en relación a los chiapanecos, sino en relación a
todos los mexicanos, es el de precisamente conciliar el
propósito de establecer la validez plena del Estado de Derecho y
no caer en situaciones de intolerancia, que más pronto que
tarde, significarían el enfrentamiento violento entre mexicanos.
Algo que no queremos, algo que no aceptamos, es
algo que no vamos a permitir. Por eso es importante que le
digamos al pueblo de México: "Ley, muy importante, pero
igualmente tolerante".
Los conflictos no pueden resolverse por la vía
de la violencia, y si no creemos en la violencia, entonces
tenemos que reafirmar ese valor de la tolerancia. Quizás, donde
no quepa la tolerancia, pero es difícil ejercer esa perspectiva,
es precisamente en otro tema que sé que preocupa mucho a esta
comunidad: es el problema del crimen.
Yo les dije hace poco más de un año, y que
hablamos de eso con toda franqueza, que yo era el primero en
reconocer que nuestro país estaba viviendo, y sigue viviendo,
una gravísima crisis de inseguridad, una gravísima crisis de
criminalidad. Ha habido algunos avances, pero tampoco todavía
significativa en la percepción de la gente. Lejos de pensarse
que ha habido algún avance, el deterioro en las percepciones es
evidente
Hoy la gente piensa que estamos peor que hace un
año en materia de seguridad y en materia de criminalidad, y el
gobierno lo sabe. El gobierno está trabajando en eso. Hemos
venido, durante los últimos meses, trabajando intensamente en un
nuevo programa de seguridad acorde a los retos que estamos
enfrentando en este campo.
Confío en que en este mismo mes, la Secretaría
de Gobernación habrá de dar a conocer los detalles de este
programa, después de haber laborado, no solamente a nivel de la
Administración Federal, sino con los Gobernadores y con el Jefe
de Gobierno del Distrito Federal, en este aspecto tan sentido. Y
les puedo asegurar que en la parte que le corresponde al Gobierno
de la República, la respuesta habrá de ser significativa y
consideramos que eficaz.
¿Será suficiente?, es la gran pregunta. Bueno,
yo pienso que será suficiente en la medida en que todos
participemos. El 90 por ciento de los delitos que se cometen en
nuestro país no son del fuero federal, son del fuero común; es
decir, son delitos cuya persecución compete a autoridades de
otro orden de gobierno estatal, y en esa medida, pues,
necesitamos que participen con la misma decisión y
comprometiendo recursos equivalentes o proporcionables los otros
órdenes de gobierno.
Pero también necesitamos --y esto es muy
importante-- que los otros Poderes del Estado participen en la
solución de este gravísimo problema. Ciertamente, en el Poder
Judicial Federal y en los Poderes Judiciales Estatales descansa
una muy delicada y grave responsabilidad, pero también --y esto
es muy importante decirlo-- el Poder Legislativo tiene una
responsabilidad muy grave para enfrentar esta crisis en el
problema de seguridad. Y en ese sentido, sin ninguna inhibición
y con toda la diplomacia, quiero recordar que desde diciembre
pasado el Ejecutivo Federal envió a la consideración del
Honorable Congreso de la Unión un conjunto de iniciativas para
reformar nuestras leyes penales, con el propósito de facilitarle
a las instancias de procuración e impartición de justicia la
más expedita y eficaz persecución, juicio y, en su caso,
condena de los criminales. Y lamentablemente, después de casi 6
meses de enviadas estas iniciativas --debemos decirlo-- éstas no
han sido dictaminadas, no han sido debatidas, no han sido
resueltas.
Y, bueno, creo que el pueblo de México --que ha
votado por la pluralidad, que ha votado por el equilibrio de
Poderes, que ha votado por la responsabilidad de cada uno de los
Poderes del Estado-- está en espera de que cada uno de los
Poderes del Estado haga la parte que le corresponde en la
solución de los problemas. Y en ese sentido es que yo insisto en
que solamente, si todos hacemos la parte que nos corresponde,
entonces estaremos asegurando el éxito en las tareas que como
Estado, que como gobierno y que como sociedad nos hemos impuesto.
Pero yo, de cualquier forma --insisto--, este es
un problema que ha ocupado al Gobierno de la República, un
problema que estamos enfrentando, pero que tenemos que enfrentar
con nuevos instrumentos, y en ese Programa --que en algunos días
habrá de ser presentado por la Secretaría de Gobernación-- yo
confío en que encontraremos algunas, mas no todas las respuestas
a esta situación, pero estamos con las otras partes buscando que
aporten lo que les corresponda para que, efectivamente, la
solución a esta situación sea integral.
El balance es, pues, amigas y amigos, un balance
positivo, un balance positivo que de ninguna manera --y vuelvo al
principio-- debe orientarnos hacia el triunfalismo; por el
contrario, lo que ha logrado nuestro país, en condiciones muy
difíciles durante los últimos tres años, debe ser el mayor
estímulo que debemos tener todos para reforzar nuestra tarea,
para apretar el paso, para tratar de establecer metas más
ambiciosas, y en función de esas metas más ambiciosas estar
todos dispuestos a dar más de nosotros mismos para alcanzarlas.
Ustedes, todos ustedes saben muy bien que cuando
se tiene muy claro hacia dónde se quiere ir y se tiene la
voluntad de ir ahí, es posible llegar a ese punto. Los
mexicanos, como nación, queremos llegar al siglo XXI con un
país que no habrá resuelto, ciertamente, todos sus problemas,
pero sí con un país que tenga bases sólidas que le permitan
alcanzar la prosperidad económica, alcanzar la justicia social y
alcanzar la estabilidad política fundada en la democracia. En
esa tarea, que creo que es de todos, sé que ustedes seguirán
poniendo la parte que les corresponde.
Por eso, como siempre, los saludo con cariño,
los saludo con respeto y les digo que siempre es grato estar en
la Casa de los amigos.
Gracias.
-oooooo-